Divulgación

De lo espiritual en el arte — Resonancias Invisibles y digitalidad

En 1911, la publicación de De lo espiritual en el arte de Wassily Kandinsky coincidió con un momento de revolución pictórica. Frente al dominio de la representación figurativa, el arte abstracto emergía como un lenguaje donde lo esencial podía revelarse sin intermediarios. El origen de esa abstracción sigue siendo motivo de debate: Hilma af Klint pintó sus obras espiritistas años antes que Kandinsky, anticipando caminos insospechados; Francis Picabia experimentaba con formas que escapaban a toda representación conocida. Pero fue Kandinsky quien elevó la abstracción a un plano profundamente espiritual. Inspirado por la libertad del impresionismo de Monet y por la música —”el arte abstracto por excelencia”—, no buscaba solo una revolución formal: aspiraba a desvelar una dimensión invisible a través de lo visual. Su obra marcó un punto de inflexión filosófico al postular que el arte debía nacer de una necesidad interior, en diálogo constante con lo que no se ve.

El motivo de esta divulgación no es meramente informativa, tampoco es revelar un archivo desconocido hasta el dia de hoy. Si no plantear el recupero de la abstracción y la experimentación como motor de empuje. Mostrar tal como expresaba Kandinsky que esa idea de necesidad interior es lo que hoy (quizás incluso en algún punto más que antes) es lo que distingue al “arte” (o al entendimiento del mismo) de la mera producción de imágenes. No se trata de técnica, ni de originalidad, ni siquiera de belleza en el sentido convencional. Se trata de algo más difícil de nombrar: una urgencia, una verdad que busca forma y que pide a gritos ser revelada. Kandinsky creía que el arte podía operar por medio de las pasiones, como la música —directamente sobre el alma, sin pasar por el filtro de la razón—. Y eso implica una doble exigencia: al artista, que debe ser honesto con su vida interior; y al espectador, que debe estar dispuesto a recibir algo que no siempre se entiende, pero sí se siente. ¿que provoca mirar una pintura de Rothko? Sumergirse en lienzos gigantes donde el campo visual a cierta distancia se llena completamente al observar un punto fijo, donde el relato lo construye uno a través de lo que siente. El color puede reflejar cualquier cosa que uno quiera, esa abstraccion es la necesaria para luego trasladar a otras obras propias.

La invitación que dejó Kandinsky es clara: regresar a aquello que no solo miramos, sino que sentimos. “El artista debe mostrarse ciego ante las formas reconocidas o no reconocidas, sordo a las enseñanzas y los deseos de su tiempo. Sus ojos atentos deben dirigirse hacia su vida interior y su oído prestar únicamente atención a la necesidad interior.” En esa concepción, cada forma y cada color poseen una energía propia, capaz de afectar al observador más allá de lo racional. No como espectáculo, sino como experiencia. No como mensaje, sino como resonancia.

Esto plantea una pregunta que no tiene respuesta fácil: ¿qué significa hoy lo sagrado en el arte? No necesariamente en sentido religioso, sino en el sentido de aquello que escapa a la lógica del intercambio, que no se puede comprar ni medir ni viralizar. Lo sagrado como aquello que exige presencia, atención, silencio interior. Kandinsky veía al artista como un visionario capaz de anticipar y desvelar lo que permanece oculto para la mayoría. Esa función no ha desaparecido, aunque a veces cueste encontrarla. Y los lugares donde todavía se ejerce suelen ser exactamente los que menos encajan en la lógica del mercado.

Aun así, persisten artistas, colectivos y espacios que sostienen esa búsqueda: obras que no buscan gustar sino transformar, propuestas que incomodan porque señalan algo verdadero. En esos encuentros el arte recupera su dimensión más antigua: la de abrir una grieta en lo cotidiano y dejar pasar algo de luz. Kandinsky nos dejó una advertencia que sigue vigente: el arte verdadero no es un producto, es un acto de escucha. La pregunta que queda abierta —para artistas y públicos por igual— es si todavía estamos dispuestos a hacer el silencio necesario para escuchar. Quizás esa disposición sea, en sí misma, el primer gesto espiritual.

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