Historias

Pulsar, lo que queda al apagarse la musica

En esta oportunidad conectamos con uno de los colectivos de la escena de Barcelona. Pulsar. Con una composición repartida entre Italia y Argentina, sus integrantes —Gabi, Alberto y Francesco— buscan responder a los ecos de una noche terminada con una mirada que nos acerca a lo humano. Así como la energía de una estrella sobrevive a su explosión y sigue transformándolo todo alrededor —eso que llamamos púlsar—, creen que el sonido puede dejar una marca parecida en cómo nos tratamos.

Todo empezó lejos de una pista, en un coche que subía a la montaña en el otoño de 2022. Iban a hacer un trekking y, entre conversaciones sobre música y naturaleza, se pusieron a imaginar el festival que siempre habían soñado y nunca habían encontrado: uno capaz de sacar la electrónica de los espacios urbanos y devolverla a un entorno natural. Pero la música, dicen, era apenas el punto de partida. El verdadero motor era la comunidad: reunir a personas con inquietudes parecidas para vivir algo auténtico. A cada encuentro lo llaman “Satélite”: la música, la naturaleza y las personas generan una energía compartida que no se agota al terminar el festival, sino que sigue viva y se transforma en nuevas conexiones. Movimiento, evolución, continuidad.

Su sonido no se deja encerrar en un género. Parten de las raíces del house y el techno y recorren todo el espectro que existe entre ambos, pero lo que realmente los define no es el estilo sino el viaje: construir sets dinámicos, con una evolución coherente que sostenga al público de principio a fin y convierta cada sesión en una experiencia envolvente. Lo que buscan provocar es que quien escucha se deje llevar, suelte el control y se abandone al momento, sin dirigir una emoción concreta, dejando que cada persona viva la noche a su manera. Si al terminar alguien siente que estuvo de verdad presente, dan por cumplido el propósito.

Trabajan siempre con artistas y colectivos locales con los que comparten una afinidad que no es solo musical, sino también humana, convencidos de que las mejores experiencias surgen de una sensibilidad común. Y cuidan un principio por encima del resto: cada lineup se construye para el lugar donde va a suceder. La música dialoga con el espacio, respeta su pulso y su carácter, y acompaña el recorrido en vez de imponerse sobre él.

Sobre la escena de la ciudad la ven viva, diversa, muy internacional, con un intercambio de ideas que hace posibles colaboraciones valiosas; también competitiva, y sienten que a veces se impone lo pensado para el consumo rápido en una ciudad que recibe visitantes durante todo el año.

La última edición de su Boutique Festival, en Cardedeu, fue lo más cerca que estuvieron de su idea de experiencia inmersiva: dos espacios diferenciados —una zona de downtempo y un main stage— integrados en un entorno cercano al bosque, cada uno con su propia temperatura, de modo que el público pudiera recorrer la noche a su ritmo. La celebración se prolongó hasta el amanecer, algo que siempre habían imaginado para un evento al aire libre. Esa vez sintieron que la visión se volvía tangible: naturaleza, música y comunidad unidas de forma auténtica y espontánea.

Les gustaría, sobre todo, que la gente sepa que una o dos veces al año puede venir a encontrarse con algo distinto y sentirse plenamente libre. Sostener ese ritmo no es fácil —como tantos proyectos independientes, compaginan todo esto con sus trabajos y sus vidas—, pero es esa misma ilusión la que los empuja. En el medio de tanto “ruido”, confían plenamente en que un encuentro alrededor de la música todavía puede transformar algo en cómo nos tratamos, aunque sea en las cosas pequeñas.

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