Analisis
Este texto funciona como una breve reflexión comentada sobre la relación entre la creatividad, el aburrimiento y la atención. La hipótesis es sencilla: defender el derecho a aburrirse es defender la posibilidad de pensar en profundidad en un ecosistema que nos prefiere distraídos; en ese marco, el aburrimiento se vuelve una condición primordial para desarrollar ideas
Autoconciencia
At a certain point we’re gonna have to build up some machinery, inside our guts, to help us deal with this. Because the technology is just gonna get better and better and better and better. And it’s gonna get easier and easier and more and more convenient, and more and more pleasurable, to be alone with images on a screen, given to us by by people who do not love us but want our money – David Foster Wallace
Hay un momento reconocible cada vez más cuando estás en medio de algo que querías hacer, una idea que no termina de tomar forma, y la atención empieza a fugarse. No hacia ningún lugar en particular, sino hacia cualquier lugar que ofrezca un estímulo más inmediato. Inconscientemente, muchas veces hacia un dispositivo que está pegado a nuestras manos. Primero una app, scroll en automático, luego otra app. La concentración se disuelve y recuperar el foco de atención muchas veces se vuelve cuesta arriba.
La creatividad suele explicarse en términos de inspiración o talento casi innato, como si dependiera de destellos excepcionales. Pero si la observamos desde un punto de vista más racional y psicológico, la creatividad profunda es, en gran medida, el resultado de cómo gestionamos la atención. Un recurso concreto, limitado y hoy sistemáticamente colonizado.
La idea, incómoda de aceptar, propone que en un entorno diseñado para fragmentar nuestra atención en intervalos mínimos, las condiciones materiales para el pensamiento complejo se erosionan. El aburrimiento deja entonces de ser un defecto de carácter o un síntoma de apatía, y empieza a aparecer como lo que realmente es: una infraestructura mental necesaria para que las ideas puedan formarse, decantar y reorganizarse.
¿Qué es la economía de la atención?
Antes de hablar de “economía de la atención”, tenemos que hacer visible la lógica monetaria que organiza hoy las plataformas digitales: no son espacios neutros de comunicación, sino empresas que compiten entre sí por capturar y retener nuestra atención, porque de ese tiempo depende su modelo de negocio. Más atención significa más publicidad servida, más datos generados, más inversores interesados.
Cuando hablamos de economía de la atención, nos referimos a un sistema en el que la atención humana se convierte en el recurso escaso que se compra, se vende y se optimiza. El producto ya no somos sólo “nosotros”, sino nuestro tiempo de vigilia convertido en métricas: número de clics, minutos de visionado, tasa de retención, frecuencia de retorno. Cada diseño de interfaz, cada notificación, cada feed infinito está calibrado para que la mente no abandone el entorno digital y permanezca en circulación.
Esta lógica tiene múltiples consecuencias: sobresaturación, burnout, ruido constante, comparación permanente, aumento de la ansiedad, empeoramiento de síntomas ligados a la distracción (como el TDAH), entre otras. En un panorama de sobreinformación y estímulos digitales, la pregunta se vuelve inevitable: ¿qué lugar le queda al “aburrimiento”? ¿Es todavía posible, o incluso necesario, permitirse aburrirse?
El flujo informativo constante genera un acostumbramiento a pequeñas recompensas de dopamina que neutraliza casi cualquier microsegundo de vacío que podamos imaginar. Es precisamente en ese contexto donde la figura de Walter Benjamin se vuelve útil para pensar qué estamos perdiendo cuando ese vacío desaparece y cómo podemos resignificar el valor del aburrimiento.
Aburrimiento y maduración de la experiencia
Walter Benjamin en sus escritos del s. XX ofrece una imagen que suele leerse como poética, pero que describe con precisión un proceso cognitivo:
“El aburrimiento es el pájaro de sueño que incuba el huevo de la experiencia. Al menor ruido en la maleza, se ahuyenta”.
Si traducimos esta metáfora a un lenguaje funcional, el “huevo” es la síntesis cognitiva y narrativa: el proceso por el cual la mente integra información dispersa —recuerdos, sensaciones, datos— en una estructura coherente y con sentido. El “pájaro de sueño” es el estado mental de baja estimulación y baja demanda que permite esa integración: un modo de atención relajada, no dirigida a tareas concretas. Y el “ruido en la maleza” es cualquier interrupción que rompe ese estado antes de que el proceso termine.
La economía digital contemporánea es, precisamente, una máquina de ruidos en la maleza. Notificaciones, alertas, actualizaciones permanentes, ventanas emergentes: todo está pensado para reducir al mínimo el tiempo en el que la mente no está reaccionando a algo. Cognitivamente, es un sabotaje constante al proceso de incubación del que habla Benjamin.
Cuando cada pocos segundos algo reclama nuestra atención, el “pájaro” no llega a posarse. Recibimos más información que nunca, pero casi nada de eso se convierte en experiencia en el sentido fuerte: algo que podemos narrar, reinterpretar, usar como materia prima de nuevas ideas. Acumulamos inputs, pero sin el tiempo de latencia necesario para que se combinen y se reorganicen, lo que se empobrece no es sólo la memoria, sino la imaginación. La creatividad se vuelve superficial porque las ideas no disponen del entorno temporal para madurar.
Con estas coordenadas sobre la mesa, la pregunta deja de ser solo “qué nos hace el sistema” y pasa a ser más exigente: cómo dejamos de alimentarlo para recuperar algo de ese tiempo de incubación. La soberanía cognitiva se convierte en una práctica.
En esencia, la soberanía cognitiva es el ejercicio de autodeterminación sobre nuestro propio espacio mental. Representa el derecho y la capacidad táctica de decidir a qué le entregamos nuestra atención y, sobre todo, cuándo se la retiramos al entorno. Lejos de ser una mera desconexión tecnológica o una postura individualista, implica defender activamente los vacíos no monetizables del día a día como el suelo fértil donde residen la imaginación y el juicio crítico. Ejercer esta soberanía significa dejar de reaccionar por inercia a los estímulos diseñados para capturarlos y reclamar el control sobre los tiempos de latencia y aburrimiento, garantizando así que sea la propia mente —y no un algoritmo de optimización— quien determine el curso, el ritmo y la profundidad de sus propios pensamientos.
No hacer nada y frenar
La propuesta de Jenny Odell en Cómo no hacer nada puede leerse como una forma práctica de recuperar la soberanía cognitiva: una resistencia concreta frente a la lógica de la economía de la atención. En su planteo, Odell propone un antídoto al culto de la productividad mediante la redistribución de nuestras acciones hacia la realidad física y el pensamiento interno. Esta actitud contemplativa es la clave para cualquier proceso de “incubación” creativa.
Por otro lado, Hartmut Rosa aporta otra pieza fundamental para explicar por qué la velocidad es un obstáculo para la creatividad. El autor plantea que hemos interiorizado la necesidad imperativa de crecimiento constante propia del capitalismo, un proceso acelerado por la tecnología. Esa aceleración transforma nuestro vínculo con el entorno. Para Rosa, la resonancia es precisamente ese modo de relación con el mundo en el que un sujeto y una realidad exterior (otra persona, una obra de arte, la naturaleza o una idea) se “tocan” e interpelan mutuamente.
Cuando el tiempo disponible se comprime, la relación con los objetos, las personas y las actividades tiende a volverse puramente instrumental. El individuo termina alienado y el mundo, como señala el autor, se vuelve “mudo e indiferente”. En esta lógica de crecimiento todo se consume, se descarta y se reemplaza rápido; no hay tiempo para que algo nos transforme ni para que nuestra respuesta modifique cómo lo percibimos.
Para que sea posible esta relación de resonancia —en la que el mundo deja de ser un decorado pasivo— es imprescindible frenar. Sin una desaceleración mínima, cualquier contenido se convierte en ruido de fondo. La creatividad depende de esa resonancia o reformulado, depende de disminuir ese ruido de fondo. Crear significativamente no es producir en serie, sino responder a una pregunta o a una intuición en diálogo con el entorno. Frenar habilita períodos de “no hacer” en el sentido productivo y permite que el mundo vuelva a hablarnos para tener algo a lo que responder.
Profundidad atencional y aparición de ideas
La metáfora de Lynch sobre el pez dorado, funciona como síntesis operativa:
“Las ideas son como peces. Si quieres pescar peces pequeños, puedes permanecer en el agua poco profunda. Pero si quieres pescar el pez grande, tienes que adentrarte en aguas más profundas”.
El “agua poco profunda” equivale a un estado de mente fragmentada y continuamente interrumpida, donde sólo aparecen “peces pequeños”: ideas rápidas, ocurrencias, respuestas inmediatas que no exigen demasiado procesamiento. Esas ideas tienen sentido en términos de supervivencia dentro de la circulación constante de contenidos, pero rara vez sostienen un proyecto complejo.
Las “aguas profundas” de las que habla son, en términos cognitivos, períodos de atención relativamente unificada y sostenida, con baja interferencia externa. Lynch, conecta especialmente este periodo con la meditación profunda. Es el estado en el que el pájaro de Benjamin puede incubar sin ser espantado por los “ruidos en la maleza”, donde la atención ha sido retirada del mercado, como propone Odell, y donde la relación con el mundo se ha vuelto resonante en el sentido de Rosa. Sólo en ese contexto la mente dispone del tiempo y los recursos necesarios para combinar materiales lejanos, seguir un hilo de pensamiento complejo y sostener una imagen mental hasta que se articula en una idea clara.
El problema de la economía de la atención, por diseño, es que mantiene la superficie del agua permanentemente agitada. El obstáculo no es sólo la cantidad de estímulos, sino la imposibilidad de estabilizar el foco durante el tiempo necesario para que un “pez grande” se haga visible. Si cada intento de concentración se ve interrumpido por una sobreexposición a mensajes, avisos y notificaciones, la profundidad se vuelve inaccesible en la práctica y queda relegada a una posibilidad meramente teórica.
Resignificar el aburrimiento
En conclusión, al ensamblar los argumentos previos, el esquema se vuelve claro. Retomar la soberanía cognitiva y resignificar el aburrimiento es un acto de recuperación. Benjamin muestra que el aburrimiento es el dispositivo que permite transformar información en experiencia con sentido. Odell señala que, en un contexto donde cada segundo de vigilia es potencialmente monetizable, sustraer atención del circuito no es capricho, sino condición de posibilidad para que ese dispositivo funcione. Rosa explica que, sin desaceleración, la relación con el mundo se vuelve muda, y en un mundo sin voz, la creatividad pierde materia a la que responder. Lynch ilustra que las ideas de fondo requieren una profundidad atencional incompatible con la agitación permanente.
Retirarse de la maquinaria del estímulo constante es una afirmación radical de autonomía. Defender el aburrimiento exige, entre muchas cosas, tolerar la fricción de la quietud y resistir la tentación de matar cada segundo de vacío con un nuevo destello digital. Al final, la pregunta crucial no es solo si queremos pensar con más complejidad o ser más creativos, sino si estamos dispuestos a asumir la incomodidad y el silencio que eso requiere.
Fuentes (bibliografía orientativa)
Benjamin, Walter. «El narrador. Consideraciones sobre la obra de Nikolái Leskov». En Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Iluminaciones IV. Madrid: Taurus, 1991.
Odell, Jenny. Cómo no hacer nada. Resistirse a la economía de la atención. Barcelona: Ariel / Planeta, 2021.
Rosa, Hartmut. Resonancia. Una sociología de la relación con el mundo. Madrid / Buenos Aires: Katz Editores, 2019.
Lynch, David. Atrapa el pez dorado. Meditación, conciencia y creatividad. Barcelona: Reservoir Books, 2014.






