Analisis

En defensa del aburrimiento

Últimamente entro a cualquier plataforma “social” casi en piloto automático. Desbloqueo el teléfono, abro una app, después otra, y me dejo llevar por un mar de estímulos hasta que, de repente, noto la saturación. En ese momento aparece la culpa por “estar perdiendo el tiempo” y recuerdo que quería avanzar con otros proyectos, pero la creatividad parece estancada: no se me ocurre nada interesante y redirigir el foco de atención muchas veces se vuelve cuesta arriba.

No es una sensación aislada. La creatividad suele explicarse en términos de inspiración o de talento casi innato, como si dependiera de destellos excepcionales y no de las condiciones concretas en las que funciona la mente. Sin embargo, si la observamos desde un punto de vista más racional y psicológico, y la conectamos con la teoría de los medios, la creatividad profunda deja de ser un misterio: en gran medida es el resultado de cómo gestionamos un recurso muy concreto y limitado, la atención.

La idea es sencilla y, al mismo tiempo, incómoda de aceptar: en un entorno diseñado para fragmentar nuestra atención en intervalos mínimos, las condiciones materiales para el pensamiento complejo se erosionan. El aburrimiento deja entonces de ser un defecto de carácter o un síntoma de apatía, y empieza a aparecer como lo que realmente es: una infraestructura mental necesaria para que las ideas puedan formarse, decantar y reorganizarse.

Este texto funciona como una investigación comentada sobre la relación entre creatividad, aburrimiento y atención. La hipótesis es sencilla: defender el derecho a aburrirse es defender la posibilidad de pensar en profundidad en un ecosistema que nos prefiere distraídos; en ese marco, el aburrimiento se vuelve una condición primordial para desarrollar ideas creativas.

¿Qué es la economía de la atención?

Antes de hablar de “economía de la atención”, tenemos que hacer visible la lógica monetaria que organiza hoy las plataformas digitales: no son espacios neutros de comunicación, sino empresas que compiten entre sí por capturar y retener nuestra atención, porque de ese tiempo depende su modelo de negocio. Más atención significa más publicidad servida, más datos generados, más inversores interesados.

Cuando hablamos de economía de la atención, nos referimos a un sistema en el que la atención humana se convierte en el recurso escaso que se compra, se vende y se optimiza. El producto ya no somos sólo “nosotros”, sino nuestro tiempo de vigilia convertido en métricas: número de clics, minutos de visionado, tasa de retención, frecuencia de retorno. Cada diseño de interfaz, cada notificación, cada feed infinito está calibrado para que la mente no abandone el entorno digital y permanezca en circulación.

Esta lógica tiene múltiples consecuencias: sobresaturación, burnout, ruido constante, comparación permanente, aumento de la ansiedad, empeoramiento de síntomas ligados a la distracción (como el TDAH), entre otras. En un panorama de sobreinformación y estímulos digitales, la pregunta se vuelve inevitable: ¿qué lugar le queda al “aburrimiento”? ¿Es todavía posible, o incluso necesario, permitirse aburrirse?

El flujo informativo constante genera un acostumbramiento a pequeñas recompensas de dopamina que neutraliza casi cualquier microsegundo de vacío que podamos imaginar. Es precisamente en ese contexto donde la figura de Walter Benjamin se vuelve útil para pensar qué estamos perdiendo cuando ese vacío desaparece y cómo podemos resignificar el valor del aburrimiento.

Aburrimiento y maduración de la experiencia

Walter Benjamin en sus escritos del s. XX ofrece una imagen que suele leerse como poética, pero que describe con precisión un proceso cognitivo:

El aburrimiento es el pájaro de sueño que incuba el huevo de la experiencia. Al menor ruido en la maleza, se ahuyenta”.

Si traducimos esta metáfora a un lenguaje funcional, el “huevo” es la síntesis cognitiva y narrativa: el proceso por el cual la mente integra información dispersa —recuerdos, sensaciones, datos— en una estructura coherente y con sentido. El “pájaro de sueño” es el estado mental de baja estimulación y baja demanda que permite esa integración: un modo de atención relajada, no dirigida a tareas concretas. Y el “ruido en la maleza” es cualquier interrupción que rompe ese estado antes de que el proceso termine.

La economía digital contemporánea es, precisamente, una máquina de ruidos en la maleza. Notificaciones, alertas, actualizaciones permanentes, ventanas emergentes: todo está pensado para reducir al mínimo el tiempo en el que la mente no está reaccionando a algo. Desde el punto de vista del negocio, esto tiene sentido: más estímulos implican más datos, más impresiones, más oportunidades de monetización. Desde el punto de vista cognitivo, es un sabotaje constante al proceso de incubación del que habla Benjamin.

Cuando cada pocos segundos algo reclama nuestra atención, el “pájaro” no llega a posarse. Recibimos más información que nunca, pero casi nada de eso se convierte en experiencia en el sentido fuerte: algo que podemos narrar, reinterpretar, usar como materia prima de nuevas ideas. Acumulamos inputs, pero sin el tiempo de latencia necesario para que se combinen y se reorganicen, lo que se empobrece no es sólo la memoria, sino la imaginación. La creatividad se vuelve superficial porque las ideas no disponen del entorno temporal para madurar.

Con estos términos sobre la mesa, la temática pasa a ser en cómo generar conciencia sobre la soberanía cognitiva y la pregunta se desplaza hacia no sólo lo qué nos hace el sistema, sino cómo dejamos de alimentarlo para recuperar algo de ese tiempo de incubación.

No hacer nada como redistribución de recursos mentales

En este contexto, la propuesta de Jenny Odell en Cómo no hacer nada  puede leerse como la forma práctica de esa soberanía cognitiva: una resistencia concreta frente a la lógica de la economía de la atención. En su planteo, el “no hacer nada” describe una negativa muy específica: rechazar que cada instante de atención disponible sea capturado, procesado y vendido por plataformas que viven de convertir el tiempo de vigilia en tiempo de trabajo.

Desde el punto de vista cognitivo, el mensaje es claro: si no retiramos voluntariamente parte de nuestra atención del circuito de notificaciones, reels/feeds y estímulos diseñados para retenernos, nunca habrá recursos disponibles para otra cosa. Pensar por cuenta propia, elaborar un proyecto, escribir, diseñar o simplemente sostener una duda durante el tiempo suficiente son actividades que compiten directamente con ese circuito. No son compatibles con una atención secuestrada en intervalos breves.

Odell propone, en consecuencia, una redistribución: dirigir la atención hacia la realidad física y hacia el pensamiento interno —observar un entorno, sostener una conversación sin segunda pantalla, caminar sin auriculares— no es evasión, sino reapropiación. Es la condición previa para que el “pájaro de sueño” de Benjamin pueda volver a trabajar. Sin esta retirada activa, el aburrimiento funcional —ese tiempo sin demandas externas fuertes— simplemente no aparece.

Aceleración, alienación y resonancia

Si con Odell vimos qué implica retirar atención del mercado, con Hartmut Rosa entendemos qué pasa con nuestra relación con el mundo cuando todo va demasiado rápido. Su teoría de la resonancia aporta otra pieza clave para explicar por qué la velocidad, por sí misma, es un problema para la creatividad: describe cómo la aceleración constante transforma nuestro vínculo con el entorno. En sus términos:

“La aceleración conduce a una alienación del mundo… El mundo se vuelve mudo e indiferente”.

La alienación, en este contexto, significa que cuando el tiempo disponible se comprime, la relación con los objetos, las personas y las actividades tiende a hacerse puramente instrumental. Todo se consume rápido, se descarta rápido y se reemplaza rápido. No hay tiempo para que algo “nos toque”, ni para que nuestra respuesta modifique la forma en que lo percibimos.

La “Resonancia” que propone Rosa como alternativa es un intercambio en el que el mundo deja de ser un decorado pasivo y nos interpela. Algo nos afecta, nosotros respondemos, y en ese ida y vuelta cambia tanto nuestra percepción como nuestra posición frente a eso. Para que este tipo de relación exista, es imprescindible frenar. Sin una desaceleración mínima, cualquier contenido se vuelve ruido de fondo.

La creatividad significativa depende de esa resonancia. Crear no es producir en serie, sino responder a una pregunta, a un conflicto, a una intuición que implica, en algún grado, estar en diálogo con el entorno: un contexto social, una tradición estética, una situación vital. Si el mundo se percibe como mudo e indiferente, si nada parece devolver eco, las ideas tienden a volverse meros ejercicios formales o copias de patrones ya probados. Frenar —permitirse períodos de “no hacer” en el sentido productivo— es la condición temporal que permite que el mundo vuelva a hablarnos y que tengamos algo a lo que responder.

Profundidad atencional y aparición de ideas

Una vez que se entienden estos niveles, la metáfora de David Lynch en Atrapa el pez dorado funciona como un modelo operativo de cómo se generan las ideas:

“Las ideas son como peces. Si quieres pescar peces pequeños, puedes permanecer en el agua poco profunda. Pero si quieres pescar el pez grande, tienes que adentrarte en aguas más profundas”.

El “agua poco profunda” equivale a un estado de mente fragmentada y continuamente interrumpida, donde sólo aparecen “peces pequeños”: ideas rápidas, ocurrencias, respuestas inmediatas que no exigen demasiado procesamiento. Esas ideas tienen sentido en términos de supervivencia dentro de la circulación constante de contenidos, pero rara vez sostienen un proyecto complejo.

Las “aguas profundas” de las que habla Lynch son, en términos cognitivos, períodos de atención relativamente unificada y sostenida, con baja interferencia externa. El, conecta especialmente este periodo con la meditación profunda. Es el estado en el que el pájaro de Benjamin puede incubar sin ser espantado por los “ruidos en la maleza”, donde la atención ha sido retirada del mercado, como propone Odell, y donde la relación con el mundo se ha vuelto resonante en el sentido de Rosa. Sólo en ese contexto la mente dispone del tiempo y los recursos necesarios para combinar materiales lejanos, seguir un hilo de pensamiento complejo y sostener una imagen mental hasta que se articula en una idea clara.

El problema de la economía de la atención, por diseño, es que mantiene la superficie del agua permanentemente agitada. El obstáculo no es sólo la cantidad de estímulos, sino la imposibilidad de estabilizar el foco durante el tiempo necesario para que un “pez grande” se haga visible. Si cada intento de concentración se ve interrumpido por una sobreexposición a mensajes, avisos y notificaciones, la profundidad se vuelve inaccesible en la práctica y queda relegada a una posibilidad meramente teórica.

Resignificar el aburrimiento 

En conclusión, al ensamblar los argumentos previos, el esquema se vuelve claro. Benjamin muestra que el aburrimiento es el dispositivo que permite transformar información en experiencia con sentido. Odell señala que, en un contexto donde cada segundo de vigilia es potencialmente monetizable, sustraer atención del circuito no es capricho, sino condición de posibilidad para que ese dispositivo funcione. Rosa explica que, sin desaceleración, la relación con el mundo se vuelve muda, y en un mundo sin voz, la creatividad pierde materia a la que responder. Lynch ilustra que las ideas de fondo requieren una profundidad atencional incompatible con la agitación permanente.

Resignificar el aburrimiento es defender la complejidad intelectual frente a un entorno que favorece lo inmediato y lo fragmentario, y también defender la soberanía humana sobre una capacidad —la atención— que se ha convertido en materia prima de una máquina económica.

La verdadera incógnita no es sólo si queremos ser más creativos, sino si estamos dispuestos a pagar el precio de la incomodidad que exige la quietud. Sólo cuando nos atrevemos a sostener la mirada en el vacío del aburrimiento, el agua se calma lo suficiente para ver lo que brilla en el fondo.

Fuentes (bibliografía orientativa)

Benjamin, Walter. «El narrador. Consideraciones sobre la obra de Nikolái Leskov». En Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Iluminaciones IV. Madrid: Taurus, 1991.

Odell, Jenny. Cómo no hacer nada. Resistirse a la economía de la atención. Barcelona: Ariel / Planeta, 2021.


Rosa, Hartmut. Resonancia. Una sociología de la relación con el mundo. Madrid / Buenos Aires: Katz Editores, 2019.


Lynch, David. Atrapa el pez dorado. Meditación, conciencia y creatividad. Barcelona: Reservoir Books, 2014.

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