Divulgación

Equivocarse, Lecciones de Baldessari

La cultura de medios parece por momentos obsesionada con la perfección; los trends aestheticos fueron por mucho tiempo la norma homogénea en las plataformas que marcaban lo que se compartía. En Instagram o TikTok, donde los filtros suavizan y los algoritmos corrigen el contenido que no pega, la idea de algo “fuera de norma” puede caer fácilmente en la concepción de “error”. El error es castigado con el olvido (shadowban o falta de engagement).

En un viaje por Los Ángeles hace unos años, me topé en el LACMA con una obra fotográfica y conceptual que llamó mi atención: Wrong, de John Baldessari.

Baldessari fue un artista multidisciplinario oriundo de San Diego. A comienzos de los años cincuenta, su ciudad tenía una escena artística pobre; sin embargo, hacia fines de los sesenta, y después de haber quemado todas las pinturas que produjo entre los 22 y los 35 años, se convirtió en una figura clave del emergente arte conceptual. Los últimos años de este periodo vieron una explosión vanguardista en distintas disciplinas, empujadas por un impulso experimental que, enfatizando el “no hay reglas”, buscaba romper con la tradición académica. En ese clima, Baldessari sintió tal admiración por esta consigna que llegó a considerar a J.L. Godard como el artista más importante de los años sesenta. (Si quieren saber más de Godard y su filosofía, revisen la reciente película de R. Linklater, Nouvelle Vague, que aunque se queda corta en mostrar la profundidad del movimiento, retrata bien cómo se filmó la película más conocida de Godard: Breathless).

En Wrong aparece lo que en realidad más me llamó la atención, un epígrafe que funciona como declaración de principios:

“Me encanta la idea de que alguien diga que esto está bien y aquello está mal. Así que hice una obra que estuviera mal, lo cual, para mí, estaba bien.”

La fotografía, dentro de esta ruptura quería distanciarse del encuadre y la composición pictórica tan característica de principios de siglo. Wrong quizás hoy no sea algo que podamos llamar “vanguardista” en términos formales —sobre todo en una cultura visual saturada por plataformas—, pero lo verdaderamente remarcable es el gesto de cuestionar lo impuesto como condición para producir algo nuevo.

En esa actitud también hay una provocación que pone en duda la idea de que el arte pueda medirse con reglas universales. Con una configuración algorítmica que premia lo que más vistas tenga, ¿Cuántas veces nos vemos tentados a caer en la repetición por considerar a lo distinto como error? ¿Cuántas veces seguimos normas impuestas o incluso invisibles sin preguntarnos si nos pertenecen?

Baldessari llevó esa intuición del “error” a un programa entero de trabajo. En lugar de perseguir “lo correcto”, en la totalidad de su obra buscó señalar aquello que visualmente descartamos. En The Fallen Easel (1988) aparecen rostros tapados por puntos de color que nos obligan a mirar el fondo; en Wrong, encuadres “incorrectos” que revelan diferentes jerarquías de atención; y en, tal vez, su gesto más célebre, I Will Not Make Any More Boring Art (1971), frases que funcionan como imposición y declaración.

Entre 1970 y 2008, Baldessari enseñó esta misma actitud en diferentes instituciones de California, dejando como legado más que un estilo: una actitud, una forma de pensar, pero sobretodo de cuestionar. El arte no se trata de buscar lo correcto, sino de explorar lo desconocido, de aceptar el riesgo de fallar como parte esencial del proceso creativo.

En lo contemporáneo, esta lección resulta urgente. Quizás deberíamos recuperar el derecho a entender lo que está mal como una postura ética, una declaración política. Pensar que la heterogeneidad y el error voluntario son las únicas formas de recordar que hay un humano detrás de la pantalla y no solo un generador de contenido. Atrevernos a “equivocarnos” (to be wrong), a desafiar lo impuesto, e incluso a aceptar la contradicción al hacerlo.

El panorama hacia donde nos movemos parece consolidarse como una antítesis de lo aesthetic. Con la proliferación del shitposting, lo “random” y la sobresaturación visual, resulta primordial reivindicar, visibilizar y, como artistas, crear obras que fuercen al pensamiento y al cuestionamiento; que enfaticen lo distinto, pero no desde un lugar superficial que busque la premiación del algoritmo. La diferencia radica en la actitud y la honestidad.

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