Divulgación
El mundo actual mediático parece obsesionado con la perfección —donde los algoritmos corrigen, los filtros suavizan y la idea algo roto, abstracto o diferente se tilda de “error” y para mucha gente se percibe casi como un fracaso—. En un viaje por Los Angeles hace unos años me tope en el LACMA con una obra fotográfica pero sumamente conceptual que llamo mi atención. La obra Wrong de John Baldessari.
Baldessari fue un artista multidisciplinario oriundo de San Diego (California).
Pese a que en su ciudad la escena artística era bastante pobre a principios de 1950, hacia finales de los años 60, tras haber quemado todas las pinturas que realizo entre los 22 y 35 años, se convirtió en una figura clave del emergente movimiento de arte conceptual.
Los últimos años de este periodo vieron la explosión de diferentes movimientos de vanguardia en diferentes disciplinas que se basaban en un enfoque experimental con la premisa de que “no hay reglas”. Baldessari consideraba al director Jean-Luc Godard como el artista más importante de los años 60.
Al recorrer su obra por el museo, aparecen fotografías, texto plano sobre lienzo y consignas que se repiten hasta que quedan vacias o se cargan de otro sentido.
Junto a la obra Wrong, una fotografía criticada como mal encuadrada para la época (1967) donde una palmera parece brotar de su cabeza, se lee:
“Me encanta la idea de que alguien diga que esto está bien y aquello está mal. Así que hice una obra que estuviera mal, lo cual, para mí, estaba bien.”
Baldessari no se limitó a ridiculizar las normas de la composición fotográfica; cuestionó la idea misma de que el arte pueda medirse con reglas universales. En esa frase hay una provocación que trasciende lo visual: ¿cuántas veces seguimos normas impuestas sin preguntarnos si nos pertenecen? ¿Cuántas veces evitamos equivocarnos solo para encajar en un sistema que premia la repetición y penaliza la experimentación? Llevó esa intuición del “error” a un programa entero de trabajo. En vez de buscar lo “correcta”, señalaba lo que la gramática visual descarta: rostros tapados por puntos de color que nos obligan a mirar el fondo, encuadres “incorrectos” que revelan jerarquías de atención, frases didácticas que suenan a manual pero sabotean su propia autoridad.
Quizás su gesto más célebre, I Will Not Make Any More Boring Art (1971), convierte una consigna en performance y sistema: repetir hasta que la consigna se vacíe… o se cargue de otro sentido. Otras obras, como Throwing Three Balls in the Air to Get a Straight Line (1973), usan una regla imposible para evidenciar la torpeza del control absoluto. Incluso cuando “corrige” fotografías con stickers, desacomoda; nos enseña a ver por fuera de la obediencia óptica. Lo que en el algoritmo es “fallo”, en su obra es método.
Entre 1970 y 2008, Baldessari enseñó esta misma actitud en diferentes instituciones de California y de la ciudad de Los Ángeles, dejando como legado no tanto un estilo como una forma de pensar. Su enseñanza era clara: el arte no se trata de buscar lo correcto, sino de explorar lo desconocido, de aceptar el riesgo de fallar como parte esencial del proceso creativo.
En la escena actual, esta lección resulta urgente. Quizás deberíamos recuperar el derecho a equivocarnos a propósito, a desafiar las expectativas, incluso a contradecirnos.
El error no es solo un accidente, puede ser una postura ética, una declaración política. En un contexto donde la homogeneización cultural avanza al ritmo de las plataformas digitales, reivindicar lo imperfecto es casi un acto de rebeldía. Tal vez equivocarse intencionalmente sea hoy una de las formas más honestas de crear algo que realmente nos pertenezca.
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