Analisis
La escenografía de lo familiar desborda pantallas y ciudades. Cambian los nombres, se repiten las formas. Todo parece ligeramente distinto, pero profundamente igual. Como si la cultura se hubiera plegado sobre sí misma hasta volverse una superficie lisa, sin relieves, donde el riesgo y la rareza aparecen más como anomalías que como posibilidades.
¿Qué es exactamente lo que se está aplanando cuando todo luce igual? ¿Qué efectos derivan de esa homogeneización? La hipótesis de fondo no es que falten ideas, sino que la cultura se está volviendo promedio por una combinación de optimización algorítmica, gestión de la nostalgia y miedo a quedar afuera. Para desplegar esta pregunta se deben cruzar varias pistas: la crítica a las imágenes generadas por IA en Medios calientes de Hito Steyerl; el diagnóstico de Alex Murrell sobre la “era del promedio”; las reflexiones sobre algoritmos y pertenencia; y conceptos como el porsiemprismode Grafton Tanner o el “infierno de lo igual” formulado por el filósofo contemporáneo Byung-Chul Han.
La era del promedio: optimizar hasta borrar la diferencia
En su reciente libro Medios calientes, la brecha digital, publicado en español por Caja Negra, Hito Steyerl formula una pregunta incómoda: “¿Por qué todo luce igual?”. El texto se detiene en las imágenes generadas por IA, no tanto por su “magia tecnológica”, sino por lo que revela sobre su mecanismo interno de funcionamiento; es decir, cuestionar cuáles son las bases de datos de la IA y para qué optimizan: rapidez de producción, volumen de contenido, adaptabilidad a flujos inagotables de plataformas como TikTok o YouTube. Las ventajas son claras para la lógica de las plataformas y la economía de la atención: automatizar el flujo, llenar el feed, mantener la atención encendida. Pero el resultado es una estética que tiende al promedio.
Este promedio se debe a que las fuentes de la IA son, en última instancia, imágenes catalogadas manualmente dentro de un mercado de explotación de «categorización de datos» que subyace detrás. La ingeniería de machine learning puede optimizarse incluyendo lógicas cada vez más complejas que mejoren los flujos de categorización, pero sin esta primera capa de etiquetado por parte de seres humanos, la creación de imágenes no sería posible. Aquí, el “promedio” es justamente lo igual. Una máquina crea a partir de inputs que obtiene de la web y de sus bases. No es capaz de crear por si sola, si no de replicar en base a cientos de imágenes y parametros.
Steyerl conecta esta lógica algorítmica de aplanamiento con un ejemplo potente citado por Reena Devi: un anuncio de Apple de hace ya algunos años, donde una serie de herramientas asociadas a la producción cultural —instrumentos musicales, parlantes, cámaras de cine, esculturas, pinturas— son aplastadas por una prensa hidráulica hasta convertirse en un iPad delgado, pulido, sin fallas visibles. Los contornos irregulares, las texturas, los volúmenes, los accidentes materiales de la cultura y toda la belleza que radica en lo diferente son literalmente destruidos para producir un producto perfecto y plano. La intención que condensa la imagen es brutal: la cultura comprimida en una lámina brillante.
Ese anuncio cristaliza lo que podríamos llamar una metáfora industrial de la homogeneización en la modernidad: todo lo que sobresale, todo lo que no entra en la plantilla, es aplastado.
En paralelo, el ensayo de Alex Murrell sobre la Era del promedio apunta en la misma dirección, pero desde las imágenes de consumo cotidiano. Tras un análisis visual de casas, cafés, edificios, campañas de marketing, portadas de libros y hasta rostros, Murrell concluye que todo se está volviendo inquietantemente similar: la misma “casa de Pinterest”, el mismo café de madera clara, la misma neutralidad beige, la misma música suave de fondo, el mismo diseño “limpio”. Una estética promedio que no es fruto de una conspiración centralizada, sino de miles de decisiones guiadas por datos, benchmarks, estudios de mercado y miedo a equivocarse.
En sus versiones de 2023 y 2024, Murrell subraya que las tendencias no solo nacen: se refuerzan y amplifican. Las plataformas premian aquello que ya parece gustar, y la gente, en medio de una desesperada búsqueda de pertenencia, se aferra a esos códigos como si fueran anclas de identidad. Casas, cafés, arquitectura, personas, música: todo empieza a encajar en el mismo molde. No se trata solo de moda, sino de una convergencia sistemática hacia un “promedio rentable”.
La homogeneización, entonces, no es un efecto colateral menor, sino el producto lógico de un ecosistema donde la cultura es tratada como un problema de optimización.
Infierno de lo igual: sobreproducción, algoritmo y miedo a quedar afuera
Byung-Chul Han llama a la época actual “infierno de lo igual”. No porque falten opciones, sino precisamente porque hay demasiadas: demasiadas imágenes, opiniones, textos, sonidos. El problema es que ese exceso no abre el juego, sino que lo aplana. Al estar organizado según métricas de rendimiento, casi todo acaba siendo intercambiable, fácilmente consumible, poco conflictivo.
Las plataformas digitales son la infraestructura privilegiada de ese infierno. Piden más, todo el tiempo. TikTok sugiere publicar varias veces al día para que el algoritmo no te olvide. YouTube se alimenta de cientos de horas de video subidas por minuto. Instagram insiste en reciclar audios, filtros, plantillas. Lo importante no es que haya algo significativo para decir, sino no abandonar la cinta transportadora del contenido.
Ese flujo continuo está gobernado por una lógica sencilla: testear qué funciona mejor. El sistema mide qué reel retiene más segundos de atención, qué estética genera más clics, qué tipo de humor o nostalgia provoca más comentarios. Cada pieza se convierte en un experimento estadístico. Cuando algo funciona, se replica. Cuando algo se replica, se vuelve tendencia. Y cuando se vuelve tendencia, arrastra consigo a quienes necesitan visibilidad para existir en ese ecosistema.
En este circuito, el algoritmo no tiene “intenciones” en el sentido humano, pero su racionalidad es transparente: reforzar lo que ya funciona. Esa retroalimentación crea un efecto de embudo. Hay infinitos estilos potenciales, pero muy pocos se vuelven realmente visibles. Quien quiere pertenecer al flujo tiende a imitar lo que ya circula. No solo por gusto: también por miedo a desaparecer.
En este punto, volviendo a Murrell, su diagnóstico se cruza con una dimensión más íntima: la pertenencia como compulsión estética. Vestir, decorar, editar, diseñar según el molde ya no es sólo una elección de estilo; es una estrategia para minimizar el riesgo de exclusión. La forma se vuelve seguro de vida “social”. Mientras tanto, el algoritmo sigue afinando la media, recortando los extremos, estrechando el margen de lo aceptable.
La lógica de sobreproducción contemporánea, amplificada por las plataformas, conduce así a una cultura sin relieves, sin diferencias, donde lo que vemos es a menudo sin alma.
Porsiemprismo: nostalgia, archivo y el tiempo sin muerte
Otro plano interesante para analizar el aplanamiento, es la dimension temporal. Grafton Tanner propone el concepto de porsiemprismo para describir una cultura en la que nada termina del todo: sagas narrativas prolongadas, series revividas una y otra vez, discos reeditados, modas que retornan con ligeras variaciones, catálogos culturales permanentemente actualizados. Más que “épocas” claramente delimitadas, habitamos un presente continuo saturado de restos reciclados, donde el tiempo parece dedicarse menos a avanzar que a reorganizar su propio archivo.
Para Tanner, la nostalgia requiere una condición mínima: que el pasado sea reconocido como tal, es decir, como algo perdido e irrepetible. Solo allí puede emerger ese afecto específico que combina dolor y ternura por lo que ya no vuelve. El régimen técnico actual opera en sentido contrario: se esfuerza por impedir la muerte simbólica de las cosas. Las plataformas y el archivo de internet permite recuperar casi cualquier registro —canciones, fotografías, películas, publicaciones de hace una década—, pero esta reapertura no se traduce necesariamente en trabajo crítico sobre la memoria. Con frecuencia se convierte en consumo inmediato: el pasado se presenta como un ítem más del inventario disponible, una mercancía emocional lista para ser activada.
En buena medida, esto podría leerse como una forma de evasión: ante un horizonte de futuro crecientemente poblado de imaginarios distópicos —colapso ecológico, crisis económicas, precariedad permanente—, el archivo funciona como refugio relativamente inocuo. Se explota como recurso de confort antes que como ocasión para pensar críticamente la pérdida y la finitud.
Desde este ángulo, el algoritmo deja de ser únicamente un selector de tendencias contemporáneas y pasa a funcionar en un rol de administrador y amplificador del pasado, incluyéndolo en estadística y dato para poder monetizarlo. Decide qué capas de ese archivo conviene activar, con qué intensidad y con qué estética. Si un filtro “vintage” obtiene buenos resultados, se replica hasta el cansancio; si un sonido asociado a cassettes o cintas VHS genera atención, se multiplica en miles de piezas breves. Tanner caracteriza este proceso como porsiemprización: no se trata de recordar lo viejo, sino de rejuvenecerlo continuamente para que nunca abandone el presente. Así, la “gestión de la nostalgia” se convierte casi en una especialización: seleccionar qué pasado convocó más interacción sin producir un duelo real.
En este contexto, la histórica frase “todo tiempo por pasado fue mejor” de Luis Alberto Spinetta en Cantata de puentes amarillos adquiere una resonancia contemporánea particular. Esa intuición de que el pasado se vuelve lugar de proyección afectiva excede lo estrictamente cultural y se desplaza con fuerza hacia el plano político.
El discurso neo-derechista —de Trump y MAGA por nombrar uno— explota el deseo de “volver a tiempos mejores” de “volver a ser lo que alguna vez fuimos”, culpando a las políticas de Estado ejercidas previamente —y/o a determinados grupos sociales— de haber arruinado ese pasado ideal. En este modus operandi, la nostalgia se invoca y se administra para legitimar proyectos reaccionarios que prometen “restaurar” una nación idealizada, pero manteniéndola, en términos tannerianos, como presente eterno: un pasado reanimado que nunca termina de pasar.
En este sentido, el porsiemprismo se acopla sin fricción a la lógica capitalista: mantiene a los sujetos trabajando, produciendo y consumiendo, confinados en un presente sin alternativas visibles, sin duelo y sin una elaboración efectiva de la pérdida. La suspensión programática de los finales neutraliza los finales y desactiva también la capacidad de imaginar salidas y transformaciones estructurales, produciendo un presente clausurado sobre sí mismo: incapaz de proyectar futuros que no sean variaciones del archivo, oscilando entre la actualización constante y la recombinación infinita de materiales preexistentes. Todo se presenta bajo la etiqueta de lo nuevo, pero casi nada consigue sustraerse a la lógica de la reiteración.
Tanner, en sintonía con reflexiones de autores como François J. Bonnet, sugiere que el “presente eterno” produce una forma peculiar de olvido. No olvidamos porque nada se retira verdaderamente de la escena. Los finales son sistemáticamente desactivados. La muerte deja se convierte en un problema técnico a resolver. Al expulsar la muerte del relato, se expulsan también la ruptura, el duelo y, en última instancia, la posibilidad de transformación.
Mark Fisher nombró un fenómeno análogo como “lenta cancelación del futuro”: el diagnóstico de una cultura donde la innovación tecnológica coexiste con una notable inercia estética. Tanner añade una dimensión suplementaria: no solo se suspende la imaginación de futuros distintos, sino que se gobiernan los finales para que nada concluya del todo. El porsiemprismo se configura así como una forma de organización del tiempo: un presente hiperconectado que acumula archivos y actualizaciones, pero produce muy pocas historias verdaderamente nuevas. Un tiempo sin muerte, en el que el pasado no se elabora, sino que se mantiene artificialmente vivo para evitar el trabajo afectivo —y político— que implicaría aceptar que algunas cosas, para significar, necesitan poder desaparecer.
Efectos sensibles: ansiedad, toxicidad y cultura sin bordes claros
Los impactos de la homogeneización estética y temporal se filtra también en la experiencia diaria. En su texto, Reena Devi observa que, cuando la homogeneidad se convierte en lo estándar, lo diferente empieza a doler. Lo que no encaja se percibe como raro. Esto puede traducirse socialmente en apatía y falta de tolerancia por el otro y en una dificultad creciente para sostener conflictos o posiciones contrarias.
Byung-Chul Han relaciona este “infierno de lo igual” al daño psicológico con el aumento de patologías como la depresión, el burnout, la ansiedad. Cuando todo se vuelve comparable, transparente y autoexpuesto, el sujeto se ve empujado a producirse a sí mismo como proyecto permanente: mostrarse, optimizarse, medirse, corregirse. Cuando el otro se adelgaza, la relación se concentra en un combate silencioso con la propia imagen optimizada: el yo frente a su versión corregida por métricas.
El aplanamiento de la cultura, entonces, borra relieves estéticos y también erosiona los bordes psíquicos y políticos. Donde antes había fricción, conflicto, debate, hoy predominan mensajes “correctos”, formatos probados, neutralidad maquillada. Pero la tensión no desaparece; se desplaza y reaparece como polarización abrupta, guerras mínimas en redes, olas de cancelación y una sensación generalizada de saturación emocional.
Fugas y relieves: gestos para des-aplanar la cultura
Si el diagnóstico se detuviera aquí, sería una queja más en el ruido de fondo. La cuestión, inevitablemente, es cómo y dónde podemos localizar prácticas que introduzcan fricción, demora, rareza.
Una primera pista es la propia defensa que hace Steyerl de la “imagen pobre”: videos de baja resolución, pirateados, subtitulados a mano, que circulan por fuera de las altas definiciones y las estéticas dominantes. Se trata de entender que la imperfección, el ruido, la textura y la falla pueden abrir otros modos de lectura. Trabajar con baja fidelidad en sonido, imagen o edición puede ser una decisión política: no todo tiene que encajar en el estándar pulido de las grandes plataformas.
Otra vía son las escenas locales, los espacios culturales, sellos independientes, radios, colectivos, clubes, talleres que organizan su valor en torno a la intensidad de la experiencia compartida, y no al rendimiento algorítmico. Allí, la diferencia no se formula como “propuesta de valor diferenciada” para el mercado, sino como forma de vida que no cabe en la plantilla del promedio.
También importa la dimensión temporal. Frente al porsiemprismo y al doomscroll, algunas prácticas apuestan por arquitecturas de tiempo alternativo: conciertos o sesiones de escucha que exigen presencia prolongada, lecturas largas, películas que no ceden al ritmo de la serie, obras que incorporan silencio, repetición, incluso aburrimiento. Son experiencias que reintroducen cortes, finales, duelos, cambios de etapa: recordatorios de que no todo puede ser arrastrado sin coste al eterno presente. Humanamente, la pausa, la demora y la desconexión pueden servir de resistencia.
Otra fuga posible está en los archivos situados. En lugar de depender exclusivamente del archivo global administrado por plataformas, proliferan fanzines, compilaciones, bibliotecas comunitarias, playlists comentadas, carpetas compartidas. Archivos que no se organizan según lo que “más funciona”, sino según criterios afectivos, políticos, estéticos singulares. El pasado, en este caso, se reutiliza como material de experimentación, no como plantilla lista para copiar. La pregunta deja de ser “¿cómo replico esto?” y pasa a ser “¿qué hago con esto que no sea simplemente repetirlo?”.
Por último, aparece la posibilidad de desoptimizar el yo. Permitir que la identidad pública no sea completamente coherente ni perfectamente curada; aceptar publicar cosas que no funcionan “bien” según las métricas, pero que responden a una investigación propia, a un deseo que todavía no sabe si será compartido.
Nada de esto garantiza una salida total del aplanamiento. Pero son gestos individuales que vuelven a espesar el paisaje, que reintroducen relieve en un entorno que tiende a alisar todo lo que toca.
Des-aplanar la cultura, “Mañana es mejor”
El anuncio del iPad con el que comenzábamos puede leerse, como la diferencia convertida en plano, los instrumentos, las herramientas y las texturas reducidas a una única superficie brillante, dócil, sin fricción. La prensa hidráulica no solo destruye objetos; simboliza un tipo de tiempo y de sensibilidad que se quiere hacer desaparecer.
Tal vez la pregunta hoy no sea cómo “destruir” esa prensa —demasiado grande, demasiado integrada a nuestras rutinas—, sino qué hacemos con todo lo que todavía se resiste a ser aplastado. Con los restos, las formas que no encajan del todo en la plantilla, los gestos que desentonan con el guion de la optimización. Es ahí donde el porsiemprismo encuentra su límite: en aquello que no puede ser convertido sin pérdida en contenido, ni en un ciclo eterno de actualización.
Des-aplanar la cultura, aunque sea mínimamente, implica aprender a prestar atención a eso que sobresale: al error, a la rareza, a lo que incomoda, a los tiempos que no se sincronizan con el reloj del algoritmo. Implica aceptar que no todo tiene por qué ser optimizado, que no todo está hecho para volverse tendencia, que hay prácticas, escenas y vínculos que solo tienen sentido en la escala íntima de una sala pequeña, de una escucha atenta, de una conversación larga que no deja registro en la nube.
En esos relieves pequeños pero insistentes, podría hallarse la posibilidad de que el futuro no sea únicamente otra iteración pulida del mismo promedio de siempre, sino algo todavía no del todo legible, no completamente programable. Recuperar esa incertidumbre como valor —no solo como amenaza— y, sobre todo, esa curiosidad humana, quizá sea una de las formas más discretas de oponerse al eterno presente y, tal como canta el Flaco, poder decir “mañana es mejor”.
Fuentes (bibliografía orientativa)
Steyerl, Hito. Medios calientes. Las imágenes en la era del calor. Buenos Aires: Caja Negra, 2025. (Título original: Medium Hot: Images in the Age of Heat, 2025).
Devi, Reena. «Will the Art World’s ‘Age of Average’ Cost Us?». Art Industry Insights with Reena Devi, 10 de mayo de 2024.
Murrell, Alex. «The Age of Average» y «The Age of Average (Encore)». Ensayos en línea publicados en alexmurrell.co.uk, 2023–2024.
Han, Byung-Chul. La expulsión de lo distinto. Barcelona: Herder, 2017. (Título original: Die Austreibung des Anderen, 2016).
Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder, 2012. (Título original: Die Müdigkeitsgesellschaft, 2010).
Tanner, Grafton. Las horas han perdido su reloj. Las políticas de la nostalgia. Barcelona: Alpha Decay, 2022. (Título original: The Hours Have Lost Their Clock: The Politics of Nostalgia, 2021). Véanse también sus entrevistas y ensayos recientes sobre el concepto de «porsiemprismo».
Bonnet, François J. The Order of Sounds. A Sonorous Archipelago. Urbanomic, 2016.
Fisher, Mark. Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos. Buenos Aires: Caja Negra, 2018. (Título original: Ghosts of My Life: Writings on Depression, Hauntology and Lost Futures, 2014).
Reynolds, Simon. Retromanía. La adicción de la cultura pop a su propio pasado. Buenos Aires: Caja Negra, 2012. (Título original: Retromania: Pop Culture’s Addiction to Its Own Past, 2011).
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