Analisis
Todo puede editarse, hoy más que nunca. La línea que separaba lo real de lo falso, alguna vez nítida, ahora se volvió porosa. La virtualidad amenaza con devorarlo todo para exhibirlo detrás de una pantalla fría y distante, y en ese movimiento contribuye a disociarnos y alienarnos cada vez más. En ese contexto, lo que sucede entre cuerpos es de lo poco que no puede falsificarse. Lo presenciado en carne y hueso se vuelve prueba de realidad y testimonio: el estar ahí se consagra como gesto cultural y, también, como forma de resistencia.
La cultura necesita encuentro
El rol de los espacios culturales no es solo exhibir. También es educar, incentivar, inspirar y, en última instancia, construir comunidad. Si los eventos virtuales se vuelven norma en un futuro cercano, el verdadero statement tal vez sea simple y contundente: “yo estuve ahí”, confirmando la realidad del acontecimiento frente a la deriva de lo reproducible.
Los grandes movimientos no nacieron en la nube, sino en sitios cargados de cuerpos, tensiones y deseos. En el modernismo, el Cabaret Voltaire encendió el dadaísmo entre performances e ironía de guerra. En The Factory, Warhol disolvió fronteras entre arte, moda y música. En CBGB, el punk se volvió grito colectivo. La cultura necesita encuentro, error y fricción para que aparezca lo nuevo.
Lo virtual escala, pero no reemplaza
En el plano de la virtualidad, durante la pandemia proliferaron fiestas en servidores de videojuegos y metaversos corporativos. Decentraland organizó festivales con cientos de artistas y carteles “a escala ciudad”, como su edición 2022; el formato probó que lo virtual podía sostener programación ambiciosa. La VR (impulsada por Oculus) popularizó el head-mounted display y abrió un debate incómodo: el traslado, o más bien el reemplazo, de la vida física por la virtual.
Aun con adopción lenta y financiación volátil, la tendencia siguió creciendo. Apple lanzó Metallica – Immersive Concert para Vision Pro, y los hitos de Fortnite, como el show de Travis Scott con 12,3 millones de asistentes simultáneos, validaron la escala del formato. ¿Qué implica culturalmente? Ganamos accesibilidad y cierta democratización, pero perdimos resonancia: se invierte menos en lugares físicos y se diluye la interacción presencial, cuya imprevisibilidad y fricción vuelven a la experiencia insustituible.
Quién decide lo que escuchamos
A esa deriva se suma la manipulación algorítmica de las plataformas, cada vez más evidente. Recientemente, una banda generada con IA (Bleeding Verse), que declara influencias de la banda humana Holding Absence, superó sus oyentes mensuales en Spotify en pocas semanas. Otro ejemplo es The Velvet Sundown: un proyecto con cientos de miles de oyentes, sin shows ni integrantes visibles. La pregunta deja de ser estética para volverse política: ¿qué estamos escuchando y quién decide qué llega a nuestros oídos?
Si la música se vuelve solo dato, las escuchas se inflan, se desplaza en silencio a artistas reales y todo puede derivar en estrategias de reducción de costos para plataformas tensionadas por disputas de derechos y regalías. Como respuesta a la ola de AI slop, varios artistas anunciaron retiros de catálogo en señal de protesta. Y tras el backlash reciente, SoundCloud aclaró que “nunca ha usado el contenido de artistas para entrenar modelos de IA”. La disputa también se libra en el terreno regulatorio y en los términos de uso. ¿Es posible confiar?
El derecho a que la cultura ocurra
Hay factores económicos que complican la defensa de los espacios físicos y, por lo tanto, la estrategia de resistir proponiendo más actividades. Aquí, la perspectiva latinoamericana difiere de la eurocéntrica o la norteamericana. Donde existen subsidios y circuitos, el valor de estos lugares se reconoce y la acción colectiva multiplica propuestas. En contextos más precarizados, organizar un evento o alquilar una sala roza lo heroico. La colectividad ofrece una salida parcial, pero la disponibilidad real de espacios, a menudo concentrados en pocas manos, abre otro frente.
En las ciudades, la gentrificación, las normativas restrictivas y la falta, muchas veces, de políticas culturales convierten la creación en un privilegio. La pregunta es brutal por su sencillez: ¿cuánta cultura perdemos porque nunca tuvo un lugar donde ocurrir?
A la vez, mostrarse en redes se vuelve cada vez más un problema para lxs artistas. Además de la creación constante, aparece la obligación, ajena al arte, de fabricar “contenido”. En lo estrictamente sonoro, publicar obras sin pasar por plataformas masivas como Spotify profundiza el dilema. Antes, sets o podcasts encontraban hogar natural en SoundCloud o Mixcloud; hoy, redirigir el tráfico hacia esos espacios más “libres” choca con la lógica de fugacidad que imponen Instagram o TikTok, donde lo visual se consagró por encima de lo sonoro. La economía de la atención comprime todo a segundos: si no capturás el interés de inmediato, te perdés en el scroll infinito.
Defender los espacios culturales físicos es un acto de resistencia. Allí el arte recupera su dimensión humana: mirarnos a los ojos y compartir algo irrepetible. Esos lugares permiten errores, tensiones y momentos de verdad y, sobre todo, influencia real. Estar ahí, literalmente en presencia, es un gesto político. Participar, apoyar y sostener los lugares donde el arte sigue siendo humano es una tarea que nos concierne a todos. Porque, como toda experiencia que importa, el arte auténtico existe plenamente cuando podemos decir, sin ironía ni filtro: yo estuve ahí.









